Un gran porcentaje de las ventas de todo el año se hacen durante el período navideño y en algunos sectores pueden llegar hasta el 80% de toda la temporada como videojuegos y productos electrónicos.
Felicidad no es comprar.
Esta celebración ha ido perdiendo para la mayoría de la gente el sentido religioso original y, como casi todas las tradiciones, se ha ido transformando al son de los tiempos. La Navidad es la época del año en la que “por decreto” hay que ser más feliz. En nuestros días, la palabra felicidad es casi sinónimo de consumo, por tanto para ser feliz hay que consumir, hay que adquirir objetos, cuantos más objetos y cuanto más caros sean estos objetos tanto mejor. Por ende, para dar felicidad, hay que hacer regalos.
Por supuesto, esta idea de la felicidad viene dada por una concepción maximalista de la vida, esto es, cuanto más se tenga (de lo que sea) mejor. Desde el minimalismo, se aboga por una visión completamente distinta. Desde un punto de vista minimalista, la felicidad se alcanza cuando uno se desprende de lo superfluo y se queda con lo realmente importante. Por tanto, un minimalista intenta deshacerse de los objetos en lugar de acumularlos. Para un minimalista, la felicidad no tiene nada que ver con consumir; muy al contrario, el consumo es más bien un obstáculo, es la niebla que impide ver lo que de verdad nos hace felices.
Verdaderas fuentes de felicidad
Curiosamente, esta percepción de la felicidad (o plenitud o realización o como se quiera llamar a este estado de gracia) que preconiza el minimalismo existencial se aproxima en gran medida al ascetismo que propugnan el cristianismo o el budismo. Según estas religiones (que me corrija Miguel si me equivoco que de esto sabe mucho más que yo) es el amor lo que nos conduce a esa felicidad, el amor al prójimo y el amor a Dios. Los bienes materiales no hacen sino entorpecer; creando envidia, apego y dependencia.
Aquí Miguel: Bueno, por ponerme pijito, es el amor de Dios a nosotros lo que nos lleva a la felicidad, siempre que dejemos actuar a ese amor. Y rara vez el amor al prójimo equivale a una borrachera de compras. En cuanto al budismo, preguntad a ChocoBuda, que una religión no se conoce de verdad si no se practica.
¿Qué hacer?
El hombre es un animal social. Nos relacionamos con mucha gente que tiene intereses y costumbres distintas a las nuestras y es necesario encontrar un equilibrio entre nuestros nuestros principios minimalistas y los compromisos sociales. Creo que estas navidades no colaría decir algo como – “Me he hecho minimalista, así que no te he comprado ningún regalo, te ofrezco mi amor”-. Podríamos obtener una respuesta como –“Métete tu amor por donde te quepa, yo le pedí a los Reyes una Wii”-. Bueno, sin llegar a estos extremos, cabe la posibilidad de encontrar un equilibrio, siguiendo algunos
consejos:
- Compra menos y, sobre todo, pide menos para ti.
- Regala cosas hechas por ti mismo (un trabajo manual o un pastel por ejemplo). Así al menos, sales un poco del circuito consumista.
- Compra con criterio. Fíjate dónde se está hecho el producto, qué materiales se han empleado, el impacto ambiental que produce su fabricación, etc.
- Difunde el minimalismo, habla del tema con los amigos y familiares. Muchos de ellos empezarán a reflexionar sobre sus hábitos de consumo.
De Luis Sánchez González.